Columna de cine: Varda por Agnès de Agnès Varda: ‘libre y pura’ – Medellín – Colombia



Amor, libertad y rebeldía podrían definir la obra y personalidad de Agnès Varda. Figura mítica que revolucionó el cine francés. Un espíritu tan radical como modesto, tan individual como generoso, tan experimental como directo. Su primera película La pointe courte (1955), definida por Andre Bazin como “libre y pura”, prefiguró la Nueva Ola Francesa y a la propia realizadora.

Fue feminista antes de que se acuñara el término y siempre abrazó las causas de los más vulnerables: las mujeres, los marginados, los olvidados, los trabajadores. “La gente real está en el corazón de mi trabajo. He preferido dedicarme a retratar a estibadores, a vagabundos, a la gente que no tiene poder. Es eso lo que me interesa”. Odiaba que la encasillaran. “No pertenezco a ninguna corriente, sólo a la mía”.

Ella misma definía su estilo como cine-escritura (cinécriture) donde combina el ensayo, la autobiografía y la ficción. Consecuente con el deseo de romper las reglas, trató de borrar las fronteras entre el documental y la ficción. En los documentales deja entrar a la ficción y en la ficción invita al documental. Un diálogo que está tan en boga en el actual cine independiente.

Su vida y obra fueron extensas. Murió el año pasado a los 90 años, después de estrenar Varda por Agnès (2019), especie de testamento. Hasta el final permaneció entusiasta, vital y lúcida.

Varda por Agnès (2019), es una autobiografía comentada, una amena charla informal (“causerie” como ella lo llamaba). Es una lección de vida y cine, pensada para la televisión que se divide en dos partes y que abarca dos siglos. Una primera, dedicada al celuloide y la segunda, a la época digital y a su incursión en las video instalaciones.
Varda por Agnès es sobre ella misma, pero es también una mirada sobre los otros.

Hace pensar en que el arte fue una excusa para acercarse a la gente, para “inspirarse, crear y compartir”: El cine como una experiencia íntima y colectiva a la vez. Una pequeña muestra de lo mejor de su obra, son ficciones como Cléo de 5 à 7 (1962) sobre el amor y la muerte y Sin techo ni ley (1985) sobrecogedora historia de una adolescente vagabunda o documentales como Los espigadores y la espigadora (2000), crítica al consumismo.

Este último filme es la despedida de una mujer sabia, de una narradora fascinante, que cierra una filmografía de cincuenta títulos y que abarca más de seis décadas. En un momento de la cinta dice algo que evidencia el compromiso con el mundo: “Me duele todo”. Y recuerdo uno de los cierres más poderosos del cine, la reflexión final de la protagonista de Estación Central (Walter Salles, 1998): “Extraño a mi padre… extraño todo”.
El cine extrañará a esta abuela y madrina, adelantada a su tiempo, que también supo acompañar ese tiempo. “La marea, el mar y el viento tienen la última palabra”.

MARTHA LIGIA PARRA VALENCIA
Para EL TIEMPO @mliparra
​MEDELLÍN

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