El caracol de mar se está extinguiendo en el Caribe del país – Otras Ciudades – Colombia

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Se ha vuelto infaltable en los restaurantes más sofisticados de París, en los hoteles aristocráticos de Nueva York, en las mesas de Tokio, en los banquetes refinados de la nobleza británica.

Solamente se lo encuentra en las playas calientes o en aguas de poca profundidad, a lo largo de ese enorme territorio soleado que se conoce como el Gran Caribe, que cubre también la costa del norte colombiano.

El caracol pala forma parte del grupo que los biólogos marinos bautizaron como “animales de cuerpo blando” a los que, precisamente por eso, la madre naturaleza, sabia como es, y cuidadosa como toda madre, los ha dotado de conchas o cáscaras exteriores para que anden protegidos. Entre esas especies con armadura están el cangrejo, la ostra, el mejillón.

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Son unas criaturas tan singulares que el camarón, por ejemplo, tiene el corazón en la cabeza y, además, es caníbal. Eso es nada. ¿De qué se extrañan si en las profundidades marinas ocurren todas esas maravillas asombrosas?

Qué tal esta: el caballito de mar es el único caso de la naturaleza en que el macho, y no la hembra, es el que tiene que encargarse de parir a sus criaturas. Averígüenlo y verán.

Pues bien: uno de esos animales de fantasía es el caracol de mar, con su gigantesca armazón que parece un edificio de porcelana. Es tan sabroso y tan útil que, después de comérselo al carbón o con un revoltillo de salsas típicas, en los pueblos del Caribe colombiano existe la tradición de conservar la gran concha que lo recubre para usarla como tranca de puertas y así evitar que las golpee el viento.

En las casas elegantes la concha también se emplea como adorno de los baños o en el descanso de las escaleras. En cambio, en algunas regiones campesinas se la considera de mala suerte y la gente le rehúye. Sepan ustedes, además, que en la antigüedad los sordos empleaban esa concha del caracol para ponérsela contra la oreja, a manera de receptor, y así oían mejor.

Se está acabando

Pero lo triste y doloroso es que ahora se viene a confirmar lo que profetas y biólogos vienen advirtiendo desde hace años: que el caracol pala se está extinguiendo en Colombia y en todos los rincones del mar Caribe.

Tengo el alma triste y me pongo a conversar con un auténtico especialista en esos menesteres, Nicolás del Castillo Piedrahíta, el director de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca, organismo del Estado colombiano.

“Sí –me confirma él, con un acento más adolorido que el mío–. Sí, en todo el territorio del Caribe colombiano, y por culpa de la sobreexplotación, el caracol pala es un recurso en vías de extinción desde los años 90 y comienzos del siglo XXI”.

Todo empezó, según me explica él, en nuestra zona de San Andrés y Providencia. “La pesca indiscriminada y masiva, de gigantesco carácter industrial, con buzos y equipos de aire comprimido, fue la principal causa de ese desastre. Lo hacían para exportar el caracol, a pesar de que, desde hace muchos años, es una especie marina protegida que, por lo tanto, requiere permiso del Estado para sacarla al exterior”.

Burlándose de la ley

Lejos de mejorar, la situación ha empeorado en los últimos años. Nadie cumple las cuotas limitadas, ni las vedas ni las órdenes legales.

Tras aquella pesca masiva, apareció la pesca ilegal, tanto de barcos extranjeros como colombianos, que no ha permitido la recuperación del caracol pala.

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No obstante, la titánica lucha que adelantan Nicolás del Castillo y sus compañeros de trabajo, los depredadores no cumplen las normas de control sobre cuotas máximas de pesca, ni las zonas y épocas de veda ni las reglamentaciones que expide el Gobierno.

“Encima de todo –añade Del Castillo–, es un recurso natural muy frágil porque no opone resistencia a su captura”.

Lejos de ser controlado, ese desastre ya no se limita a la región de San Andrés porque comenzó a extenderse rápidamente “a la producción de caracol en las zonas coralinas de Colombia y, además, de todas las islas del Caribe. En la actualidad se sobreexplotan las islas del Rosario, el archipiélago de San Bernardo, La Guajira, Urabá”.

Del Castillo me dice, como sombría conclusión, que “a este paso, si no tomamos medidas urgentes y concientizamos a los pescadores artesanales y a los consumidores, cada vez tendremos menos caracoles. Entonces veremos su extinción definitiva”.

San Andrés y la palmera

Por las averiguaciones que hice para escribir esta crónica, pude establecer que en San Andrés y Providencia, desde hace casi 20 años, los juzgados sí vienen produciendo sentencias que le ordenan al Estado proteger al caracol pala.

“Eso es exacto –me confirma Nicolás del Castillo–. En respuesta a varias acciones populares, los jueces de San Andrés han ordenado que las entidades oficiales tomen las medidas que sean necesarias para proteger el caracol. Es más, se fijó en once toneladas la cuota máxima anual. Desgraciadamente, nada de eso se cumple”.

¿Qué pasaría si el caracol pala llega a desaparecer definitivamente? “Sería una verdadera tragedia para la biodiversidad y la riqueza cultural de nuestros pueblos y nuestras islas del Caribe”, me responde el señor Del Castillo Piedrahíta. Guarda silencio un instante y agrega esta frase sombría: “Sería como si se nos acabaran las palmeras de la orilla del mar”.

Los juzgados sí vienen produciendo sentencias que le ordenan al Estado proteger al caracol pala.

Una obra de joyería

Antes de seguir adelante, me detengo a leer las investigaciones que sobre estos mismos asuntos ha escrito el biólogo marino Nacor Bolaños, un especialista que, además, ha sido coordinador colombiano del Programa de Áreas Protegidas.

Dice el profesor Bolaños que no solo la carne sabrosa del caracol pala es apetecida en el mundo contemporáneo. “Sus conchas son usadas en artesanías”, explica él, y las perlitas que cría en su interior “son altamente cotizadas en joyería”. Esas múltiples virtudes, en vez de ayudar a protegerlo, se volvieron en contra del pobre caracol. “Todo esto hace que la presión pesquera sobre este recurso sea muy intensa”.

“Si usted combina todo eso con el hecho de que el caracol pala tiene un crecimiento lento y de maduración tardía –escribe el señor Bolaños–, comprende por qué se vuelve susceptible a la sobrepesca, que es su mayor amenaza”.

Y concluye diciendo que hasta hace unos años era posible verlos en grandes cantidades cerca de la costa, pero ahora es muy raro encontrarse con uno solo.

Soluciones o desastre

Aunque la sola pregunta me aterra, tengo que hacerla a los que saben porque esa es mi obligación como periodista. ¿Qué consecuencias puede traer para Colombia la extinción definitiva del caracol pala?

“El principal afectado es el nativo –responde sin titubear Nicolás del Castillo Piedrahíta, el director de la Autoridad de Pesca–, porque el caracol hace parte de su seguridad alimentaria desde tiempos ancestrales”.

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En busca de una solución, que es urgente, Del Castillo propone que, en casos como el de San Andrés Islas, se unan los pescadores artesanales, los propios industriales, la Gobernación, la Secretaría de Agricultura, las instituciones académicas, la Armada Nacional y la entidad que él mismo dirige, “para que desde allí se planeen y ejecuten las acciones de control y vigilancia, con apoyo de guardacostas”.

Agrega que, adicionalmente, se debe iniciar lo más pronto posible una campaña urgente “para sensibilizar a pescadores y consumidores de lo importante que es preservar un recurso tan valioso como el caracol pala”.

Reproducirlo y protegerlo

Al final de nuestra entrevista le hago a Nicolás del Castillo una pregunta que, me parece, es la conclusión lógica de esta crónica: ¿qué debemos hacer para evitar que el caracol pala desaparezca de Colombia?

Este hombre, que ha dedicado tantos años y tantas vigilias a investigar ese tema específico, no titubea al responderme:

“Hay que prohibirles la pesca industrial a los barcos de algunos países vecinos, como Nicaragua y Honduras, que entran sin permiso a las aguas colombianas. Hay que prohibirles a los pescadores artesanales, aunque sean colombianos, que usen compresores de aire para bucear caracoles. Hay que coordinar las vedas y cuotas con todas las naciones del Caribe. Hay que concientizar al nativo, a los consumidores, al turista.

Y para terminar sostiene, desde el punto de vista científico, que debemos empezar ya a reproducir el caracol pala en los laboratorios, cuidar al caracol joven en cercos marinos para que esté seguro mientras va creciendo y, luego, proteger su liberación alrededor de islotes y cayos.

Bolaños coincide plenamente con las recomendaciones que acaba de hacer Del Castillo. “Ya son muchos los países de la región Caribe que han adoptado medidas especiales para la conservación del caracol”, finaliza Bolaños.

“Han limitado la cantidad que se puede capturar, han fijado áreas precisas para su pesca, un tamaño mínimo del animal. Y, además, los organismos internacionales han restringido su comercio en las diferentes regiones del mundo”.

Debemos empezar ya a reproducir el caracol pala en los laboratorios

Epílogo

La verdad sea dicha, me quedo triste y siento un inmenso manto de pesimismo en el alma. Me vienen a la memoria, como ráfagas de viento, las conchas de caracol que el ‘Niño’ González ponía de adorno junto a su silla de dentistería, en San Bernardo del Viento.

Hay veces en que, igualmente, a la hora de la sobretarde, regresa a mi nariz el olor suave y dulce de la fruta del icaco, que es palabra indígena y también se puede escribir hicaco. Su árbol, que separaba la calle del arenero de la playa, y le daba fresco y fragancia a la vida, se está extinguiendo en nuestro Caribe, como el caracol. Qué dolor.

JUAN GOSSAÍN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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