En Cartagena: sobreviviente de caída de edificio Blas de Lezo – Otras Ciudades – Colombia



Julio Adrián Julio Sierra dice que si cerraba los ojos moría. Por mucho que intentara abrirlos, no podía ver alguna luz.

Su cuerpo, por completo, estaba sepultado. Adrián cuenta que sabía que estaba vivo porque algo le dolía.

Recuerda que en segundos se fue y volvió a este mundo. Era un peso que le aprisionaba todo menos su boca para reaccionar y gritar desesperadamente: “¡Auxilio!”.

Era la mañana del 27 de abril del 2017, pero no cualquier mañana para el joven electricista con 25 años en ese entonces.

A las 6:30 a. m. no se asomaba el sol que otros días calentaba los ventanales e irrumpía con sus rayos en la sala donde a diario su pareja y su pequeña hija recibían el último beso, para luego desearle el mejor de los días hasta verlo marchar a laborar.

Sin duda, era un día extraño en Cartagena: los escasos vientos eran fríos y caían unas cuantas gotas de lluvia que, a pesar de no ser tan intensas, impedían la salida de Julio.

Pero el clima no era el único problema para el hombre de estatura baja, tez morena y con visos amarillos en su cabello.

En sus bolsillos no tenía ni siquiera los 2.100 pesos que costaba el pasaje de ida, en una de esas busetas de transporte público colectivo. Pese a ello, salió a eso de las 7 de la mañana para llegar como fuera a su lugar de trabajo.

“Ese día amaneció serenando, como cosa así pronosticada para que no fuera a trabajar. A veces me pongo a pensar todo lo que sucedió en ese momento, cuando ni siquiera conseguía para los pasajes”, recordó.

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Fue entonces cuando convenció a un amigo, conductor de una motocicleta, para que lo trasladara desde el barrio Ciudad Bicentenario hasta Blas de Lezo, mientras le pagaban el sueldo de la quincena y ponerse al día con el favor del motociclista allegado.

Como solía hacerlo en los últimos 14 días, desde que empezó a laborar en la construcción del edificio Portal Blas de Lezo II, Julio arribó a las 7:40 a. m. frente a la puerta de la obra, se acercó a la vitrina que exhibía empanadas calentadas con el bombillo que se desprendía del mostrador y al lado tenía un recipiente de plástico cargado de avena fresca.

Pidió ambos productos que le sirvieron uno envuelto en servilleta y otro en vaso plástico, dejando al vendedor la misma promesa que le hizo al amigo que lo llevó en la moto: que le pagaba más adelante.

El celador recibió la orden para abrir desde las 8:20 a. m. La jornada se prolongaría hasta las 6 de la tarde, un horario que Julio venía cumpliendo desde hacía dos semanas, cuando un familiar lo recomendó como ayudante en electricidad.

Como siempre, sus compañeros y él se trasladaron al cuarto de herramientas para tomar lo que necesitaban. Posteriormente, cada uno empezaría a realizar sus funciones.

Julio se dispuso a instalar una tubería eléctrica en el tercero de los seis que tenía el edificio.

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En esa labor llevaba un par de horas, cuando de pronto se inició lo peor: empezaron a caer los bloques en el cuarto donde estaba Julio, quien se alertó y fue avisar al jefe que se encontraba en el baño y a su otro compañero que trabajaba en la sala.

A Julio no le creyeron que los bloques ya compactados “se estaban cayendo solos”. Ante la incredulidad, no le quedó otra que continuar.

“Cuando yo prendo la pulidora montado en una escalera, siento ruido y el compañero me gritó: ‘¡Adrián, auxilio!’ y salí a darle los primeros auxilios al compañero. Él tenía el brazo fracturado por el peso de la pared que le cayó encima”, expresó.

Al menos cuatro horas duró Julio atrapado entre los escombros.

Foto:

Yomaira Grandett / Archivo El Tiempo

Cuando estaba intentando socorrer al obrero, quien gritaba del dolor tirado en el suelo, empezó la tragedia.

El terreno se hundió y las tres plantas que tenía encima se desmoronaron sobre más de 40 personas que laboraban en ese instante dentro de la estructura.

“En ese momento sentí como un temblor, de un momento a otro se nos vinieron las paredes encima y cuando reaccioné ya estaba presionado bajo las placas del edificio”, recordó el hombre.

Eran las 11 de la mañana y todo era confusión. El edificio de seis pisos quedó convertido en una montaña de escombros. Junto a él quedaron atrapados un compañero y su jefe. 

Rescate de cuatro horas

Con un tono pausado, quizá tomándose el tiempo para detallar cada segundo de lo que sufrió, cuenta que reaccionó al instante y fue consciente de lo que sucedió: el edificio se había derrumbado y él quedó enterrado bajo toneladas de concreto.

Resaltó que, en ese entonces, había recibido clases de primeros auxilios en el curso de altura. Entendió que debía mantenerse despierto y, para ello, pensó en su familia, su compañera sentimental, su hija y sus padres. Además, trató de mantener la calma para sostener la escasa respiración.

A simple vista, la peor parte del golpe la sufrió su rostro, del que no paraba de emanar sangre.

“Alcancé a tocarme la cara, me saqué un poco de escombros de la boca, de la nariz, se me aflojaron los dientes, tenía la lengua partida, estaba prácticamente reventado en la cara, tenía solo movimiento en el brazo derecho y así pude respirar regularmente para sostenerme”, relató Julio.

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En la obra trabajaban más de 40 personas, quienes quedaron sepultadas en los escombros de una mole de seis pisos.

Foto:

Yomaira Grandett / Archivo El Tiempo

Solo escuchaba las sirenas del equipo de emergencias que atendió el derrumbe del edificio, el llanto y los gritos de las personas que, en masa, se acercaron y rodearon el lugar para atestiguar la magnitud de lo sucedido. Simultáneamente, escuchaba los pedidos de auxilio de sus compañeros.

“Decían: ¡sáquenme, sáquenme de aquí! Había muchas personas pidiendo auxilio y mi jefe falleció cuando quedó comprimido entre los escombros”, contó.

Apenas dos horas después pudo tener contacto con los socorristas. Con sus gritos de auxilio fue ubicado a una profundidad de un metro con 50 centímetros, hasta donde le hicieron llegar una manguera de oxígeno, perforando dos placas que Julio tenía encima.

Julio calcula que fueron cuatro horas que se necesitaron para que el personal de rescate lo liberara y lo pusiera a salvo de esa mole de cemento que aprisionaba sus extremidades.

Se ayudaron con una grúa para levantar la carga y, cuando quedó libre, cayó en cuenta que tampoco tenía movimiento en las piernas.

Pasadas las 3 de la tarde, Julio volvió a ver la luz mientras los testigos aplaudían y celebraban como un milagro que estuviera con vida. Al mismo tiempo, mientras era sacado, alcanzó a ver decenas de cuerpos que yacían entre los restos de la estructura.

“Recibí una nueva vida, pensaba únicamente en mi hija y en mi esposa. Ya prácticamente de un momento a otro pensé que me iba a morir cada vez que cerraba los ojos. Me salvé porque no perdí el conocimiento, pero quedé sin movimiento en las piernas”, expresó el cartagenero. 

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La “nueva vida” que le queda

Julio Adrián Julio Sierra fue uno de los 22 heridos y su jefe fue uno de los 21 fallecidos que dejó la caída del edificio.

El hombre de Ciudad Bicentenario dice que no estaba afiliado a una ARL hasta el día del accidente.

Julio Adrián clama por ayuda, pues quedó con dificultades en la espalda y en la pierna izquierda que le impiden hallar trabajos en su profesión.

Foto:

Cortesía Julio Adrián

Los médicos tuvieron que reconstruirle la columna y la pierna izquierda inmóvil. En su piel quedaron marcadas las intervenciones a las que fue sometido, como huellas de las toneladas de concreto que no le quitaron la vida pero sí la posibilidad de laborar y obtener ingresos para su hogar.

“No puedo trabajar, envío hojas de vida, pero mi problema en la columna y la debilidad en mi pierna impiden que pase los exámenes físicos”, indicó.

Por ello, Julio habla ahora de una doble “sobrevivencia”, porque después de luchar por su vida ante las placas del Portal Blas de Lezo II, ahora también debe sobrevivir ante la imposibilidad de generar ingresos estables, aunque hay que decir que cuenta con el apoyo de su compañera, quien se dedica a la vigilancia.

Las ayudas prometidas por las autoridades fueron ilusiones, pues solo recibió un auxilio de 200.000 pesos los primeros tres meses y luego no volvieron a llegar.

Asimismo, le entregaron una vitrina y una fotocopiadora para que montara una miscelánea, pero los ingresos que percibían eran insuficientes.

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Después de la tragedia, se han abierto varios procesos. Entre ellos, a Manolo Duque, quien fungía como alcalde de Cartagena en ese tiempo y fue suspendido tres meses por la Procuraduría, debido a la presunta falta de control en los proyectos de urbanización en la ciudad.

Por parte de las acciones de la Fiscalía, fueron capturados el constructor Wilfran Quiroz, su hijo Luis David Quiroz, el Jefe de la Oficina de Control Urbano del Distrito, Olimpo Vergara, el inspector de la Comuna 12, Alfonso Ramos y el maestro de Obras, Luis Agresor.

Wilfran, quien llegó a ser investigado por la construcción ilegal de 16 edificios en Cartagena, fue condenado a cuatro años de prisión domiciliaria, tras aceptar el cargo de urbanización ilegal. Mientras que los cargos de homicidio culposo, lesiones culposas y uso de documento público falso no los aceptó.

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Además, Luis David y Luis Agresor no se allanaron a los cuatro cargos que les fueron imputados en el proceso que sigue abierto.

“Les pido que se pongan la mano en el corazón y nos den esa indemnización que tanto queremos, estamos pasando muchas necesidades. No nos olviden, que nosotros no somos fantasmas”, concluyó Julio Adrián Julio Sierra.

A quien le es imposible olvidar es a él mismo, no volvió a hacer lo que le gustaba en sus ratos libres, como jugar al fútbol con sus vecinos. Quedó con el trauma de hacer actividades en las alturas y a diario agradece a Dios por volver a nacer ese 27 de abril. 

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DEIVIS LÓPEZ ORTEGA
Corresponsal de EL TIEMPO
BARRANQUILLA
En Twitter: @DeJhoLopez