Fabricación de tambores para el Carnaval de Barranquilla en Tubará, Atlántico – Barranquilla – Colombia

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Cortar la madera en noche de luna llena es el primer secreto que fragua la bella sonoridad del tambor carnavalero. La orden es de los ancestros Mokaná y la sigue a rajatabla Marco Martínez, artesano tubareño devoto de San Martín, quien sin conocer los afanes, en un taller que lleva el nombre de su patrono, al que apenas hace un cuatrenio llegó la energía eléctrica, ha elaborado miles de instrumentos que marcan la cadencia de una celebración de alcance universal.

“La acción de cortar en luna llena garantiza que la madera nunca tendrá plagas. Así me lo enseñó mi abuelo. El otro detalle que va marcando el sonido es el árbol escogido. El banco permite dar con un tambor muy liviano, aunque ya casi no se consigue. El carito es menos poroso y el instrumento al final es más sonoro. Ya el tronco de ceiba amarilla, que ahora es el más popular permite un sonido más agudo, que es el ideal para un desfile como la Batalla de Flores”, sostiene el experto.

El cuero perfecto para hacer el llamado a la cumbia con su vuelo de pollera y coqueteo es el de una chiva que tenga en su historial por lo menos dos partos. Es blando y no se resienten las manos del tamborero.

Marco Martínez recibe los cueros de chiva y los conserva con mucho cuidado.

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Carlos Capella. EL TIEMPO

Con tijeras se retira la parte peluda del cuero.

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Carlos Capella. EL TIEMPO

Con el tambor en el suelo como referencia se corta el cuero a la medida.

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Carlos Capella. EL TIEMPO

Retazos de cuero con cortados para envolver luego la corona del tambor.

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Carlos Capella. EL TIEMPO

Lijar y agregar barniz a la madera es parte importante del proceso

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Carlos Capella. EL TIEMPO

La corona de madera es envuelta en cuero y provisionalmente se le ponen clavos.

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Carlos Capella. EL TIEMPO

El cuero es lavado y puesto en el sol. Este paso es determinante para que se ablande.

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Carlos Capella. EL TIEMPO

Lijar es la parte más importante en la fabricación del tambor.

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Carlos Capella. EL TIEMPO

Marco trabaja con la fabricación de tambores desde hace 15 años. 

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Carlos Capella. EL TIEMPO

El tambor ya está listo para el Carnaval.

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Carlos Capella. EL TIEMPO

Después de hacer cóncavo el tronco, con herramientas tan punzantes como originales, aún carentes de nombre y creadas por los mismos artesanos, se comienza a obtener de la parte más baja y gruesa una tambora, del centro el tambor alegre y de lo más alto el fundamental llamador. Tampoco faltan los árboles que tienen el mismo ancho de arriba hasta abajo y permiten hacer tres tambores iguales.

Quien elabora y quienes tocan aseguran que el tambor hecho en el Atlántico ofrece una sonoridad distinta a la obtenida con madera de los Montes de María o el Magdalena, sin entrar en disputa por cuál es mejor. “El de acá termina sonando más fuerte y eso se debe a la madera y al tipo de suelo”, afirma Jenn del Tambó, quien contempla el trabajo de Marco, responsable de los instrumentos que ella y su Red de Tamboreras llevarán a una gira por Suiza.

“El sonido del llamador tiene un matiz más profundo y largo que el del tambor alegre. Inicialmente el llamador lleva un ritmo que parece dar la introducción a las canciones. Es como un abrebocas del ritmo. De ahí es de donde viene el nombre del instrumento”, explica el músico y folclorista Gustavo Jaraba, para hacer referencia al más diminuto de los tres tambores, que suele contar con medio metro de altura y 25 centímetros de ancho.

En cuanto al tambor alegre, es sabido que su longitud es determinada por el largo de los brazos del músico. Un promedio de 70 centímetros impera en el Caribe, contando con una boca que puede variar entre los 30 y 35 centímetros. “En su parte inferior la medida ideal es la de 12 centímetros, con paredes de dos pulgadas. La misión del alegre es complementar el volumen rítmico del conjunto”, anota Alfonso Maldonado, tamborero barranquillero de trayectoria internacional con el Grupo Palo Santo.

El personaje musical del trío que cuenta con cuero en sus dos extremos, en promedio una amplitud de 60 centímetros y se toca con baquetas de manera horizontal es la tambora. Cumple el efecto del bajo en la agrupación folclórica, esa que es recibida con entusiasmo por los bailadores que acostumbran a gritar: “llegó el millo”.

Sigue el proceso

Los cueros de chiva suelen llegar desde La Guajira. Marco los pone al sol entre cuatro y cinco horas. El paso siguiente es mojarlos y colgarlos una vez más como cualquier prenda, la que en este caso vestirá en su parte superior a la entusiasta caja de percusión que mueve a una sociedad. La corona del rey que propicia el goce de la negra Soledad.

Tijera en mano Marco y sus dos ayudantes, silenciosos e impecables en desempeño, le van quitando la parte más peluda al cuero para dejarlo en el suelo y ubicar encima el tronco vacío. Cuando la madera llega a este punto ya fue lijada y barnizada con devoción.

Y avanza el artesano en su enésima ilusión musical, en otro acto de creación que surgió por la necesidad de imitar o transformar la naturaleza. Cuando el cuero está sostenido provisionalmente con clavos, se emplea con sutileza y precisión una cuchilla que cumple con el acto de rasurar, dejando el cuero en su estado final. ¡El instrumento está tan cerca como el Carnaval!

Los retazos que quedaron del proceso de corte del cuero se emplean para envolver una corona que termina de sostener lo más alto. El paso final es hacerlo tenso con cuñas y cuerdas. ¡Listo el tambor!

Un largo viaje

A fuerza de viento marino llegó el tambor africano a América en días del siglo XVI. Hombres de Europa que le hacían guerra a los códigos nativos trajeron a los miembros de la familia Bantú. La madera y los cueros estuvieron a la mano para seguir en plena esclavitud los rituales religiosos. Con música se mitigaba la pena perpetua.

Y fue desde entonces el tambor un personaje estelar de la vida en el Caribe, transmitiendo verdades, creencias, misterios, pecados originales y hasta los momentos ideales para el escape. Un golpe podía significar espera, mientras dos el instante ideal para correr desde Cartagena hacia un palenque.

El ciclo natural que implica su elaboración, aún resulta un milagro consumado por la inteligencia. Es una de las infinitas maneras de ratificar que un conflicto puede acabar miles de vidas, pero nunca el arte, y jamás el Carnaval.

WILHELM GARAVITO MALDONADO
Redactor de ADN 
BARRANQUILLA​

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